martes, 7 de mayo de 2019

Y una vez más: GRACIAS.


El tlf y mis redes llevan echando humo desde el domingo tras la publicación del artículo sobre los errores de comprar un caballo nuevo a los hijos. Me han llegado agradecimientos, opiniones y experiencias de muchas personas que han vivido todo lo que se describe en el artículo, animándome a que siga profundizando en estos temas que tanto daño hacen a la hípica, a los caballos y a los niños. Y por supuesto que seguiremos. Como siempre digo, mi deuda con los caballos es tan grande, que es lo menos que puedo hacer.

Aprovecho para añadir algo sobre la cultura del esfuerzo en los niños y adolescentes



Al rato de publicar el artículo, me acordé de una cosa importante que me sucedió con diecisiete años. Estaba en COU, y tenía un profesor de Latín que era excepcionalmente duro. A mí, siempre se me habían dado muy bien los idiomas, incluso las lenguas clásicas como el latín y el griego, y nunca tuve que esforzarme especialmente para sacar buenas notas en inglés, francés, griego, o latín. Hasta que tuve como profesor a D. Salvador Granell. Próximo a la jubilación cuando a mí me tocó como profesor, este hombre me enseñó lo que suponía el valor del esfuerzo.

Entre sus técnicas, se encontraba la de no poner nunca en los exámenes más de un 6,5 de puntuación, aunque lo hicieras perfecto. Cuando iba a verlo a tutoría para que me explicara porque no tenía más nota si el examen estaba sin fallos, me decía: “porque sé que lo puedes hacer mejor. Esfuérzate más para el próximo”.

En ese momento, no entendía muy bien su intención a largo plazo, pero lo que si se es que me esforcé. En la clase había otro chico al que también se le daba muy bien el latín y entramos en un pique tan brutal como sano a ver quién era el primero que pasaba del 6,5.

A lo largo de aquel curso, Don Salvador nos soltaba ideas y frases que se pueden resumir en una: “algún día os acordaréis de mí y de estas cosas que ahora os parecen que no tienen sentido”. Y a día de hoy, le doy la razón.

Vamos, no tuve que esperar mucho. En cuanto entré en la universidad, ya le tenía presente prácticamente cada día. Unos años después me lo encontré por la calle, lo saludé pero no tuve el valor de darle las gracias por todo lo que me enseñó. Es increíble lo tontos que podemos ser algunos, que nos da vergüenza expresar el cariño y el agradecimiento de forma pública. Hoy, quiero agradecerle, allá donde esté, todas sus enseñanzas, que fueron mucho más allá de las declinaciones y los tiempos verbales latinos. Fueron enseñanzas de vida, sin precio.

Don Salvador era valenciano, como mi maestro de Equitación. Otro valenciano que me exige, pero al que esta vez, ya más maduro emocionalmente, le doy las gracias continuamente, por más que me exija. Ahora sé que esa exigencia, es lo mejor que me puede pasar, pues la complacencia, nos hace dormirnos. Ser exigente desde el cariño, es lo que nos hace crecer.


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