lunes, 5 de noviembre de 2018

EL DILEMA

Ya apenas mantengo contacto con ciertos jinetes con los que en su día sí que tenía un roce más asiduo. Nuestros caminos se separaron hace tiempo, desde el momento en que empecé a estudiar a fondo las necesidades reales del caballo, y la mayoría de estos jinetes, no solo no entendieron mi camino, sino que lo desaprobaban abiertamente.

Igualmente, yo por mi parte, viendo que era imposible sacarlos de sus métodos de manejo demencial, y de sus sistemas de doma arcaicos y poco eficaces, decidí apartarme para no ver cómo seguían arruinando la vida de tantos caballos, ya que además, no estaban dispuestos a tomar en consideración ni una sola de mis recomendaciones, en pro especialmente, de que no se les estropearan tantos caballos. El ego por desgracia, les podía más que las ganas de mejorar sus caballos.
Han pasado muchos años desde que dejé aquellos ambientes. Y han sucedido muchas cosas, o al menos, en ese camino que yo elegí, han ocurrido tantas historias, que a veces tengo la sensación de que he estirado al máximo todo este periodo, llenándolo de vivencias y experiencias asombrosas. Echo un vistazo a los últimos años y a veces me cuesta creer la de gente que he conocido y que me han aportado un precioso contenido a esa mochila que todos llevamos, y que mientras más se llena, menos pesa. Quizás, lo que más me asombra, y a la vez me resulta más gratificante, es que haya gente dispuesta a venir desde lejos a dar unas clases conmigo, o que simplemente haya profesionales a los que yo he admirado desde hace tiempo, que me escriban y me digan que les encantaría pasarse a verme trabajar con mis caballos.
Estas cosas, y sobre todo, el ver el cambio en los caballos con los que trabajo, es lo que me permite mirar con orgullo al enorme esfuerzo que supone precisamente esta elección que hice, y que como cuento, me apartó del camino que tomé en su día, y con ello, de la gente que transitaba por aquel camino.
Y en ciertas ocasiones, me encuentro con algunos de aquellos jinetes con los que en su día tuve más contacto. Me llama la atención siempre que me encuentro a alguno de estos profesionales, que su apariencia sigue siendo la misma, y su manera de vestir no ha variado un ápice. Esto no pasaría de una anécdota simpática, si no fuera porque es sintomático de que nada ha cambiado tampoco en su manera de manejar y domar los caballos: los siguen teniendo en los mismos boxes diminutos de hace años, les siguen dando de comer lo mismo y los siguen trabajando igual. Al encontrarnos, estrechamos las manos, y nos contamos cuántos caballos tenemos y cómo los tenemos, y ahí puedo comprobar, como se estancaron en algo, que ya en su momento, estaba anticuado.
Es increíble, pero hay personas para las que el progreso, al menos en lo ecuestre (y en la moda, por lo que se ve), es inexistente. Bien, es su elección, y por lo general, cuando me encuentro a estas personas, después de unas palabras amables, cada uno vuelve a lo suyo, y Dios sabe si alguna vez volveremos a vernos.
Pero el otro día me sucedió algo diferente, y desde entonces estoy con un dilema, y es si llamar a la persona que me encontré para intentar ofrecerle alternativas a lo que me contó, cosa que hasta ahora, nunca me había planteado.
El encuentro con esta persona fue calcado a otros encuentros similares, en los que nos saludamos y hacemos el típico intercambio de información caballar. Solo que este jinete me contaba que no vendía ninguno de los potros que criaba cada año.
- Pero entonces tendrás un montón, ¿no? – Le decía yo algo asombrado.
- Que va – me respondía él resignado – si se me mueren muchos
- ¿Y eso? ¿De qué?
- De cólicos y de yo qué sé…
- Vaya – le decía yo con asombro - ¿Pero qué les das de comer?
Y ahí, pude comprobar, que se trataba de otro caso de estancamiento temporal: el mismo manejo, la misma alimentación…es decir, caballos en boxes 24 horas, mucho cereal en la alimentación, etc. Y como resultado, el mismo resultado pobre de siempre.
Cuando aún no había finalizado nuestra escueta conversación ecuestre, tuve la tentación de decirle que era normal lo que le ocurría, aquello de “si haces lo mismo de siempre, obtendrás los resultados de siempre”, pero mi voz interior echaba el freno y me recordaba: “no digas nada que se ofenderá como sucedía siempre antes que intentabas dar un consejo”.
Bien, todo transcurrió dentro de lo normal, le deseé lo mejor – y en verdad que se lo deseo - y nos despedimos amablemente. Pero no había recorrido ni cien metros y empecé a pensar en qué quizás debería darme la vuelta y hablar con él, y ofrecerle algunas perspectivas de manejo que podrían ayudarle.
Es cierto que frente a los cólicos, nadie está cien por cien a salvo, pero lo que es indudable es que ya sabemos que ciertas prácticas y cierto tipo de alimentación predisponen claramente a problemas. Caballos mucho tiempo parados en box, con mucho cereal y poco forraje, tienen indudablemente más papeletas de sufrir no solo ya problemas como cólicos, sino otros muchos.
Algo había en este jinete, en su expresión, en su manera de contarme los problemas que acuciaban a sus caballos, que evidenciaba preocupación y hasta cariño por ellos, cosa, que en muchos otros, nunca he visto. Hay otros a los que solo les fastidia la pérdida económica. En este en cambio, creí percibir dolor por aquella situación. Y eso es lo que me hizo dudar, y dejar abierta la posibilidad a intentar echarle un cable y explicarle que hay cuatro o cinco cosas que podría hacer por sus caballos y que a ciencia cierta ya sabemos que les benefician. Pequeños cambios en la alimentación y en el manejo que no solo ayudan a evitar problemas, sino que harán que sus caballos están más salubres y predispuestos al trabajo.
Aún sigo con el dilema sobre qué hacer.

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