martes, 3 de julio de 2018

Flechazos equinos.

Solo quien los ha "sufrido" sabe a lo que me refiero. Ves un caballo frente a tí, que te atrae y te pide querer saber más de su vida, sus orígenes, su caracter. Empiezas a pegarte a él y se te olvida el entorno, toda tu atención es para él.

¿Y qué ocurre si te dejan ejercitarlo? Eso me pasó a mi hace poco. Lo estuve moviendo a la cuerda un poco y ya me enganché. Me imaginaba sesiones increíbles a la cuerda a su lado, lo visualizaba con el paso del tiempo poniendo su dorso como el de un potro y su grupa llena de músculo.

¿Pero y si encima después lo montas? Entonces es el acabóse. Sientes esa unión que es instantánea, y notas que tu cerebro y el suyo han enganchado. No hay órdenes, son sugerencias que apenas han salido de tu mente él ya las ha entendido. No hay nada más potente en el mundo, quien no lo ha sentido no puede entender lo que significa esa sensación.

Predador y hervíboro unidos en un solo cuerpo, dos mentes fundidas en una. Un caballo que sientes que es algo más, un compañero, un amigo fiel que te entiende como ni los de tu especie lo hacen.

El caballo por cierto, era un árabe, pequeño sí, si lo comparamos con los monstruos centroeuropeos que monto otras veces, pero sobre su dorso, yo me sentía sobre un ser muy grande, enorme.



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