martes, 3 de julio de 2018

El caballo y el tiempo

Cuando me preguntan los motivos por los que decidí dedicarme a trabajar con caballos, respondo que uno de ellos, es sin duda, el tiempo. ¿Pero en qué sentido? En dos, principalmente.
Foto Carmen Manzano/Doma Ética
El primero, se refiere, a que hay que manejar una noción del tiempo que en nada se parece a la que manejamos en la vida humana de hoy, en la que todo se hace de prisa y se exigen resultados inmediatos. Con el caballo, nada de eso es posible, y si dichas pautas se aplican, los malos resultados, son los que pronto llegarán. Hay que estar dispuesto si se va a estar con un caballo, a no mirar el reloj y a no tener prisa. El caballo requiere en no pocas ocasiones de repeticiones de aquellos conceptos que queremos aprendan, y la prisa y los atajos, pueden ser malos compañeros de camino junto a un caballo. Repeticiones de cosas básicas, pero claras, y que pueden ir subiendo de nivel, pero que precisamente, sin prisa, hemos de estar dispuestos a repetirle una y otra vez. Sin perder la paciencia, sin entrar en ese afán de resultados inmediatos. Ese es el primero de los sentidos del tiempo con los que hay que estar dispuesto a trabajar al lado de un caballo. Siendo consciente de esto, supe que seguir teniendo el caballo como una simple afición, dedicando un par de horas por las tardes, era imposible poder mejorar todo aquello que me interesaba con un caballo. No hablemos ya si como es mi caso además, estás dispuesto a preparar cada comida de cada caballo de un modo totalmente personalizado, le miras a cada uno sus cascos, etc. El tiempo que se requiere, es mucho, y como digo, totalmente incompatible con un enfoque de prisa.
La otra acepción de tiempo con un caballo se refiere a familiarizarse con el largo plazo. No tener prisa por montar un caballo que sabes que tiene tocado el dorso. Saber ver lo que ocurrirá unos meses después de trabajo continuado. No querer hacerlo todo en pocos días, como sucede a tantos jinetes, que quieren tener al caballo reunido o saltando o haciendo cualquier cosa exigente, en muy poco tiempo. Saber esperar, y sobre todo, aprender a disfrutar en esa espera, regodeándote en el detalle de cada día, en el que sabes que paso a paso, llegarás esa meta que has fijado a largo plazo. Después, a la hora de montar o de trabajar pie a tierra, en muchas ocasiones, mejor poco y bueno que no largo, cansino y tedioso. He aquí la dificultad de saber entrar en estos baremos de los que hablo. Saber dónde hay que poner la mirada del largo plazo, y saber cuándo con 20 minutos, estamos listos.
En la foto, con mi nuevo compañero equino, Atómico, en uno de nuestros paseos en duro. Me sirve esta imagen para ilustrar esto de lo que os hablo. Caballo con el que no miro el reloj en el trabajo tedioso de cada día pero con el que a la vez, solo pienso en el largo plazo. Ha llegado hace algo más de un mes y su única función es disfrutar de unas merecidas vacaciones. El tiempo que le dedico, que no es poco, es para repasar sus cascos, prepararle sus comidas, cepillarle y quitarle el pelo de invierno, ponerle la manta relajante de dorso, pasearlo cada cierto tiempo en duro para ir mejorando sus tendones y articulaciones, y sobre todo, me dedico a observarlo en el prado, pensando en eso que quiero conseguir en el largo plazo, y que se, que cuando empecemos a trabajar, será a base de ir poco a poco (PD: las ganas de montarme en el caballo, me comen por dentro, y todas las noches me acuesto pensando en cómo serán las sensaciones que me transmita al montarlo, pero precisamente, el saber gestionar estas ganas y enfocarlas en el trabajo diario que realmente necesita, es creo, una de mis mayores victorias personales, y que sin duda, los caballos con los que trabajo, más agradecen).

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