lunes, 8 de abril de 2013

CABALLOS+ALAMBRES=DESASTRE




Era muy pequeño cuando vi una película del oeste en la que el cowboy protagonista, se declaraba acérrimo enemigo de los alambres que en la época que le tocó vivir, empezaron a poblar los grandes ranchos de los Estados Unidos. No entendía por qué, hasta que llegó una escena en la que el vaquero, llorando, tenía que acabar de un tiro, con la vida de un becerro que se había enganchado en la alambrada.

Desde entonces, me mostré distante con tal modo de mantener las lindes, y por desgracia, años más tarde, me tocó vivir lo mismo, pero en lugar de ser un becerro, fue un potro el que quedó tan mal parado por un enganche en la alambrada. Como pudimos lo llevamos a la cuadra, donde su corazón de potro joven y fuerte de apenas dos años, que sabía que le quedaba mucha vida por delante, latió con fuerza los dos días siguientes. Pasábamos día y noche a su lado, dándole calor y ánimos, y que él, agradecía relinchando cuando le llevábamos pasto y se lo acercábamos a su boca, ya que ni podía levantarse, hasta que hubimos de anestesiarlo con una dosis que detuvo ese corazón de potro impetuoso, pues el veterinario nos dijo que le esperaba una vida de sufrimiento.

No era tampoco la primera vez que los alambres se mostraban en mi camino, pues años antes, tuve que ayudar a un amigo a soltar su caballo de otra alambrada dichosa. Estuvimos dos horas cortando alambres y apaciguando a un caballo que no paraba de querer zafarse y cada vez liarse más y más.

Y ayer, mientras me encontraba en los tranquilos quehaceres camperos de un domingo soleado, escuché ese maldito ruido una vez más. Oía a lo lejos ese soniquete característico de las alambradas cuando se agitan, y su insistencia tenía toda la pinta de estar siendo provocada por un caballo. Dejé lo que estaba haciendo y localicé de dónde venía el sonido, y me puse a caminar. Tuve que saltar a la finca del vecino, pues de allí salía aquel nefasto sonido, y no tuve que caminar mucho, hasta que vi de lejos lo que podéis ver en las fotos: un caballo enganchado en una alambrada.
Al llegar, vi que por suerte solo era una pata la implicada, aunque la cosa se complicó, pues uno de los alambres se había metido entre el casco y la herradura. Por suerte, este caballo fue un gran colaborador y no se puso a dar manotazos ni me puso las cosas difíciles. Es más, os diría que supo desde el primer momento que yo iba para sacarle de aquello y que sabía que lo mejor que podía hacer era estar relajado y dejar que le fuese moviendo la pata aquí y allá hasta sacarla.
Cuando lo solté, le revisé las dos manos y apenas tenía unos cortes superficiales en una y otra, lo acaricié, y como pude, dejé la zona conflictiva de modo que el problema tuviese menos probabilidades de repetirse, ya que todo provino de que el caballo quiso comerse el forraje que hay sembrado en la cerca de al lado, como puede apreciarse en las fotos.

Así que me ratifico en lo que siempre he dicho: caballos + alambre = muchas probabilidades de daño ecuestre.



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