viernes, 7 de septiembre de 2012

La equitación y el ego


El ego es algo inherente a todo ser humano. Si bien no es algo innato, si que va desarrollándose desde los primeros meses de vida, en los que los niños ya van aprendiendo el concepto de propiedad, etc. Y es por eso, que lo que muchos llaman niños caprichosos, no es sino un ego pujante que de no reconducirse, cuando ese niño se haga mayor, le hará ir chocando contra el resto del mundo con frecuencia.

Nos encontramos a unos niños, adolescentes y jóvenes, que cuando se hacen mayores, quieren ganar a toda costa. La sociedad tampoco hace mucho por ofrecer valores alternativos, y por desgracia, los futbolistas, ejemplos para millones de chavales en el mundo, frecuentemente dan muestras de un ego atroz, pataleando e insultando no ya porque su equipo pierda, sino porque simplemente su entrenador ha decidido sustituirlos. Y lo peor, es que hay quienes justifican esta actitud: “es normal, quiere seguir jugando y que su equipo gane”.

Bien, pues hablando con numerosos jinetes, algunos de ellos profesionales, así como entrenadores, coincidimos en como la competición actual, y el ansia generalizada por ganar, está llevando a que se pierda la esencia del deporte en sí. Jóvenes jinetes y amazonas que se obsesionan tanto por alcanzar el primer puesto en cualquiera que sea la disciplina hípica que practiquen, que se olvidan incluso de lo más básico que un joven – aunque este es asunto obligado a cualquier edad – debe hacer: disfrutar. Llegan a las cuadras tensionados, se suben al caballo, no se paran a hacerle ni un mínimo estiramiento – ni lo hacen para ellos mismos- y de momento se ponen con el trabajo en pista.

También cabe hablar aquí de cuanta tensión traen a su vez, transmitida por sus padres, que quieren que sus hijos dejen el pabellón familiar alto. Supongo que habrá de todo. Lo cierto es que entonces el caballo pasa a convertirse en una herramienta de cuatro patas y 500 kilos con la que satisfacer el ego del que va encima. Y es por ello, que si en el concurso, no se gana, o no se obtiene la puntuación esperada, hay llantos totalmente fuera de lugar, gritos y otras expresiones de rabia y furia, las aliadas inseparables del ego. “Es que hemos entrenado mucho como para que ahora nos descalifiquen por esto”. Claro, se ha puesto tanta tensión en la obsesión por conseguir ese ansiado trofeo que diga que se es el mejor, que si no se obtiene el resultado esperado, toca enfadarse. Esto explicaría también porque se estropean muchos caballos, que de haberlos llevado con su tiempo adecuado, estarían dando grandes resultados, o al menos, no estarían resabiados. Es la prisa por triunfar a toda costa, hoy más implantada que nunca.

Pero todo esto se cambia adoptando un nuevo enfoque. Si nos planteamos el entrenamiento como algo con lo que disfrutar del caballo, del entorno, de la compañía de otros jinetes -  lo cual no significa que no trabajemos en serio - cuando lleguemos a la competición, ya habremos obtenido un trofeo mucho más valioso que un primer puesto: el haber vivido un tiempo inolvidable con nuestro caballo, nuestro entrenador y nuestros amigos. Todo lo que venga a partir de esto, será un regalo que nos caerá estupendamente, pero no lo necesitaremos para ser felices por unas horas, pues el que necesita el éxito competitivo para ser feliz, se vuelve  "podiodependiente", y en el momento que el trofeo deja de llegar, vienen los problemas.

De nuevo, las tradiciones orientales son un antídoto perfecto para el ego. A través del arte marcial, del yoga, el Reiki o la meditación, intentamos ser cada día mejores personas, pero eso mismo nos hace ser conscientes de nuestras limitaciones, y nos centramos cada vez más en el trabajo diario, en saborearlo, y aunque nuestro objetivo es llegar al cinturón negro o a cualquier meta elevada, no nos obcecamos en ello. Parece una contradicción, pero funciona.

Las prisas, el ansia de triunfar…chocan contra la esencia misma de la vida. No podemos aferrarnos a un resultado desde el ego. Los caracteres que siguen estas pautas son los que más sufren en cuanto la más mínima contradicción se les presenta en la vida. La equitación y el contacto con caballos han de hacernos mejores personas y sus enseñanzas han de hacernos una vida más feliz dentro y fuera de las pistas, y si esto no ocurre, es que algo estamos haciendo mal.

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